sábado, febrero 10, 2007

Día de los Enamorados en EE. UU. :Astronauta, voluptuosa estrella en tragicomedias de San Valentín

Por Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York


Toronto - ¿Amor en tiempos de locura o patente inseguridad sexual? Esta Caja de Pandora es difícil de abrir. Más rompecabezas de siquiatra que otra cosa. Lo indisputable sin embargo es que en los Estados Unidos no pasa un día sin que la prensa no se dispute la atención del lector reportando tórridos encuentros a seis columnas ilustrados en detalladas fotografías digitales y episódica cobertura en la tele y la radio.

No es un fenómeno único a los Estados Unidos. Las olimpiadas pasionales se dan en todo el mundo. Sin embargo, a diferencia de otros países, la prensa del país de las maravillas demuestra particular perversidad en analizar y descuartizar las aberrantes prácticas sexuales de la nación. Lo demanda un público sediento de sensacionalismo. Digiere los detalles con particular glotonería. Especialmente cuando se trata de la insuficiencia amatoria del prójimo. El sexo vende diarios. Leen este artículo ¿no?


Demás está buscar causa y efecto en la práctica. Basta observar lo que hermana al periodismo gringo con la morbosa curiosidad ciudadana. ¿Será esto necesario para distraer al público de la derrota en Iraq? ¿Lo provocará el enfriamiento del planeta que le congela los sesos al más desalmado? ¿Habrá algo raro en el agua mineral? ¿Serán casos de la testosterona yanqui contaminada del mal de las vacas locas? ¿Será tal vez una manifestación del pánico que apresa a George W. Bush? Al fin y al cabo, el desmadre en la Casa Blanca destruye el mitológico machismo presidencial gringo? La pistola del máximo sheriff escupe humo. Por lo demás, no da en el blanco.

¡Solo Dios sabe! La cosa es que las noticias inundan al asiduo lector en tsunamis de jugosas e inverosímiles aberraciones sexuales. Despampanantes maestras de primarias comparecen prácticamente cada mes ante el juez acusadas de sostener apasionadas relaciones sexuales con precoces estudiantes. Se les desafiantes ante los tribunales. Vestidas en indumentarias más apropiadas en las convenciones de porno. Se les ve sonriente, posando fotogénicamente para las cámaras. Por supuesto que hay intereses creados. Les esperan sendos contratos de cine. Histórica e histérica documentación de hazañas grabadas para la posterioridad.

¡De lo que me perdí en mis días de escuela! No ocurrían tales portentos. No se pecaba ni en pensamiento. Imposible. No había espacio para la tentación. La paraba el maestro. Cubierto de pies a cabeza en negra sotana, afiliado por voto de castidad a la orden católica del cuervo y portador de mortífero bastón descargado con inusitada rapidez, el curita desempeñaba funciones de protector de la inocencia. Por si acaso. Uno acudía religiosamente al confesionario. Inventaba pecados para tener algo que confesar. Cualquier cosa. Pero de lo demás, nada. Hoy todo es diferente. Muchos pasaron al campo enemigo. Siguen siendo cuervos. No se parecen del todo a las voluptuosas gringuitas de la pizarra infantil.

Para peor de males, la Internet sirve sexo al incauto como quien distribuye pizza a domicilio. El pederasta atrapa al incauto y comete horrendos crímenes contra la niñez. Esto es Sodoma y Gomorra, diría mi abuelita. La corrijo. Ni tanto. Por estos lados no es otra cosa que los Estados Unidos y el inevitable descenso de un imperio inmoral y decadente. Desanimado por un fracaso tras otro, el gringo se despoja de su otrora arrogante superioridad y fría altivez. Salta a flor el narcisismo. Rechaza lo convencional. Da rienda suelta a su inusual realidad. Conjura macabras pasiones. Se multiplican los paparazzis y los titulares que reflejan el decaimiento en las relaciones humanas. Se le llama libertad de prensa. Cuento acabado.

Ejemplo de ello son los sucesos de la última semana. Lisa Nowak, capitán de la Marina, astronauta, ingeniera aeroespacial graduada con honores de la Academia Naval y madre de tres hijos, conduce 900 millas sin parar -de Texas a Orlando, Florida- para confrontar a Colleen Shipman, capitán de la Fuerza Aérea, astronauta y supuesta rival de la Nowak en un triángulo amoroso que lo completa el Capitán Hill Oefelein, otro astronauta.

Nowak lleva puestos pañales de adulto. De los que usan los astronautas en vuelos especiales. Les evita ir al baño. En la misión de Nowak no hay tiempo que perder. Tampoco irá al baño. Nada podrá impedir su mano-a-mano con la Shipman. Lleva consigo tales argumentos del celo como una pistola de aire comprimido, gas lacrimógeno, cuchillo y cuerdas. En un espacio del aeropuerto de Orlando se da el encuentro de astronautas. No es nada amistoso. La Shipman se refugia en su automóvil y llama a la policía en el celular. Nowak es arrestada inmediatamente. Se le acusa de intento de secuestro y de asesinato, de asalto y destrucción de evidencia. Para la prensa es otro aterrizaje en la luna.

Pasan de modelo ejemplar a comidilla escandalosa. Destacados comediantes las reducen a cómicas caricaturas de la miseria humana. Hollywood compra los derechos de autor. Rodarán película de largo metraje sobre la odisea espacial en tierra firme. Nowak y Shipman, respetables astronautas, hazmerreír nacional. Insaciables, los medios se deleitan en repetir hasta los inconsecuentes pormenores. Los veremos en la pantalla grande.

Cuatro días después vuelan a otra tragedia. La repentina muerte en La Florida de Ana Nicole Smith suplanta el sensacionalismo espacial. La Smith, de 39 años, despampanante ex modelo de Playboy, viuda de un fallecido billonario de 93 años, madre de un chico de 21 años muerto en circunstancias misteriosas en Las Bahamas hace cinco meses y madre de una niñita también de cinco meses cuyo paradero se desconoce, fue encontrada sin vida en las suntuosas habitaciones del hotel Hard Rock Café en una reservación indígena.

Treinta y nueve cámaras de televisión, un enjambre de camiones dotados de parabólicas para trasmitir la noticia al mundo, cientos de reporteros y paparazzi se congregan frente al hospital forense para reportar detalles de la muerte. En conferencia de prensa el forense indica que la autopsia es inconclusa. Se necesitarán tres semanas para precisar la causa de defunción. La prensa especula. Dan ganas de vomitar. Dicen que la Smith estaba deprimida por la muerte del hijo y por las demandas legales de dos tipos que reclaman la paternidad de la hija recién nacida. Algunos sugieren que una semana antes Smith intentó suicidarse en la alberca de su mansión en las Bahamas. Imposible, aseguran otros, los descomunales senos sintéticos de la artista la habrían mantenido a flote. Cada jugoso detalle de la vida de la peripatética actriz transforma la tragedia de su muerte en espectáculo circense.

No muy diferente de lo ocurrido en vida y en muerte a Marilyn Monroe, a quien físicamente mucho se parecía y emulaba Anna Nicole Smith. Ambas enamoradas del amor estaban destinadas a no conocer nunca al San Valentín ideal. Al contrario, a pesar de la voluptuosa sexualidad, fabricada artificialmente por agentes publicitarios, ambas fueron utilizadas, abusadas y explotadas por los estudios de cine y por los medios de comunicación.

Cooperó el público. Les confirió la imagen de rubias bellas -abundantes en curvas y ligeras de cerebro- y las manipularon a su antojo hasta reducirlas a glamorosa, desechable mercadería. Una y otra vez ambas fracasaron en el matrimonio. Una y otra vez recurrieron al uso de drogas y alcohol. Ambas murieron jóvenes. Ambas perecieron en circunstancias altamente sospechosas. Ambas se marchan desnudas de dignidad. Seres humanos, al fin. Víctimas trágicas, sin duda, de una sociedad de consumo que consume al consumidor y lo descarta como traste viejo.

Es difícil pronosticar quién será la próxima víctima del periodismo amarillista. Lo único seguro es que en los Estados Unidos ni los muertos descansan en paz. Se les explota hasta en la tumba. Nadie escapa. Que alguien vendrá, vendrá. Otro evento más espectacular ocupará nuevos, sensacionales titulares. La gente está hastiada de Bush, de las mentiras de Washington, de los escándalos de la burocracia, de la derrota en Iraq, de los helicópteros caídos en combate, de los entierros de jóvenes soldados. Se vuelve imperante encontrar algo, cualquier tragedia humana, que distraiga la atención ciudadana de tanta calamidad. La figura sobresaliente se convierte en blanco de los medios. La prensa acecha. Las cámaras de televisión se mantienen a la espera. En un instante son capaces de movilizarse a la nueva presa.

La situación nacional es tan desesperante que en la víspera de la celebración del Día de los Enamorados, en la fecha del tradicional, romántico color rosa del amor, predomina el sangriento rojo. La prensa se convierte en vampiro. Consume hasta la última gota de las tragedias. La insaciable sed de escándalo repone a la cordura, a la moral y a la lógica. Señal segura de un imperio en irremediable cuesta abajo. Reina el sensacionalismo. Se impone el escándalo y al diablo con el Día de los Enamorados.

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