miércoles, abril 25, 2007

Reaccionarios sin conocimiento de causa

Co-Latino
Opiniones

René Martínez Pineda
renemartezpi@hotmail.com

Es un secreto a voces que -sin saberlo, ni quererlo, ni buscarlo- nos convertimos en reaccionarios, en reaccionarios puros, cuando -despojándonos de la memoria como si fuera un calcetín sucio- reducimos la dignidad y la lucha social a una cuestión pecuniaria fugaz, sólo para incrementar nuestra capacidad de endeudamiento en el almacén, a costa del futuro de los que nunca han tenido una libreta de ahorros; cuando nos escudamos en la prepotencia vaquera o en los puestos de trabajo para apocar a los más débiles, para ocultar nuestra falta de honor y sabiduría, para lavarnos las manos ...

cuando reverenciamos con agonía el patrimonio que nos expropia a diario al reproducir su impunidad y avaricia; cuando silenciamos las hazañas, las tradiciones y la sangre del pueblo para servirnos de sus historias; cuando nos matan de celos los pírricos lujos del vecino, pero nos hacemos del ojo pacho con la explotación zoológica del capitalismo; cuando ignoramos las constantes crucifixiones y resurrecciones de los hombres de barro, para que no compitan con nosotros sus leyendas, ni nos estorben sus idearios; cuando no nos da vergüenza el llanto de los niños que no tienen nada en el mundo, y cuando no nos acongoja la risa propia, aunque se nutra de olvido.

Es un secreto a voces que -sin saberlo, ni quererlo, ni buscarlo- nos convertimos en reaccionarios, en puros reaccionarios, cuando nos escandalizan hasta el delirio carcelario las creencias que niegan la existencia de dios, pero no nos escandaliza la existencia del demonio de la pobreza, ni la vigencia de un eterno purgatorio terrenal con fines de lucro; cuando nos amamantamos de la envidia inmediata y de las calumnias infames con fines electorales, que son las principales enemigas de la conciencia social; cuando el cuadro clínico de nuestra morbilidad se reduce a padecer el síndrome de la intolerancia adquirida y las infecciones venéreas del aparato reproductor de revoluciones; cuando nos enojamos con el vecino sólo porque sí; cuando le decimos que no a la lucha, sólo porque no; cuando olvidamos los recuerdos del exilio y del delito de cuello blanco; cuando creemos que “nosotros” y “los otros” ocupan cuerpos diferentes; cuando nos frustran los resultados negativos de la selección nacional de fútbol, pero no los de la economía familiar, ni los del invierno en las casas de cartón; cuando sentimos que siempre estamos retrasados para llegar puntual a las cosas triviales, sin darnos cuenta de que el tiempo estructural, ese tiempo condenatorio, nos extrae de sus zapatos como si fuéramos mierda de perro.

Es un secreto a voces que -sin saberlo, ni quererlo, ni buscarlo- nos convertimos en reaccionarios, en reaccionarios de verdad, cuando el porvenir del pasado no tiene nada que ver con el futuro del presente; cuando olvidamos que la tristeza es el barrio más grande del corazón de los pobres; cuando nuestro coraje tiene las patas cortas; cuando dejamos que las palabras ciertas que aprendimos de memoria –y por la memoria- en las luchas populares, se pudran en las gavetas del oportunismo, la demagogia y la anarquía; cuando la vida se convierte en una rutina perversa de las ruinas culturales; cuando dejamos que las ilusiones aleteen solitarias en los cipreses del cementerio municipal; cuando ejercemos el liderazgo de forma mercantil -o aprovechándonos de la orfandad ideológica de las bases- para instaurar nuestra propia versión de tiranía; cuando nos tomamos la universidad nacional para demostrar nuestra valentía, pero no denunciamos los atropellos y expropiaciones que el gobierno y los empresarios paren en sus suntuosas letrinas.

Es un secreto a voces que -sin saberlo, ni quererlo, ni buscarlo- nos convertimos en reaccionarios, en reaccionarios auténticos, cuando usamos la palabra “pueblo” para ocultar las estrategias que lo destruirán como tal; cuando disimulamos nuestro pensamiento de derecha poniéndonos camisas con la cara del Che; cuando alabamos el cierre de los casinos por ser “casas del desplume” de los ingenuos, pero no decimos nada sobre los mezquinos intereses bancarios que nos dejan sin casa, sin parcelas, sin salario futuro; cuando nos sentimos acongojados y perdidos porque el Vaticano ya decidió –con una investigación científica amparada por la Providencia- que no existe el limbo, pero no nos invade la agonía cuando vemos a miles de niños en las calles sucumbiendo al hambre, al frío y a la soledad más solitaria, que son idénticas al limbo clausurado por los humanistas del diablo.

Es un secreto a voces que -sin saberlo, ni quererlo, ni buscarlo- nos convertimos en reaccionarios, en reaccionarios devotos, cuando no nos duele pensar a solas; cuando irrespetamos, corajudos, las leyes de la casa, y, mansitos, nos sometemos en silencio a las leyes cacofónicas del capital y a las románticas perversiones sexuales de los torturadores del salario; cuando por decisión propia dejamos en paz al usurpador de utopías, porque nuestra lucha principal es contra los eyaculadores precoces severos y los impotentes de oficio; cuando creemos en los niños ricos que juegan a ser pobres, porque así nos sentimos uno de ellos; cuando hacemos de las empresas populares que luchan contra la pobreza, una jugosa fuente de ingresos y prestigio personal; cuando nos olvidamos de los compañeros caídos en la lucha, esos que juramos vengar, porque los únicos caídos que nos preocupan son nuestros testículos... debido a que están bajando de su posición original a razón de un centímetro por año; cuando la única lucha por la equidad que tenemos en mente -para hacerle el bendito al patrón y a los donantes internacionales- es promover un decreto, con dispensas de trámite, que nos obligue a todos a mear sentados.

Es un secreto a voces que -sin saberlo, ni quererlo, ni buscarlo- nos convertimos en reaccionarios, en reaccionarios de oficio, cuando nos convencen de que el oficio más antiguo del mundo es la prostitución (no la rebelión), porque con aquella se legitima la existencia del Estado y la propiedad privada... se legitima la lapidación.

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