miércoles, abril 18, 2007

Masacre en Virgina: La violencia y la prensa estadounidense

Por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York


Toronto, Canadá – Es una tragedia de incalculable dolor. Para los parientes. Para los compañeros y amigos de las víctimas. Para la venerable Universidad Tecnológica de Virginia. Para el pueblo estadounidense. Sobran los detalles. Cho Seung Hui, estudiante de 23 años de edad de la Universidad, sistemáticamente se desplazó de un edificio a otro asesinando a mansalva a 32 personas e hiriendo a otro tanto antes de suicidarse.

Como sucede con demasiada frecuencia, los medios de comunicación y el asesino acudieron casi simultáneamente a la mortal cita en el apacible pueblito de Blackburg, Virgina. Uno cometería el horrendo acto. Los otros especularían hasta el vómito sobre los más inconsecuentes detalles del crimen en progreso.


Antes, durante y después de la masacre reporteros, micrófonos y cámaras de televisión competirían en número con vehículos policiales y ambulancias. Contundente manifestación de la avanzada tecnología gringa en acción y de la agilidad conque se desplaza la prensa al primer indicio de sangre.

Sin idea de lo que sucede, sin respeto a la tragedia en desarrollo, sin excepción alguna los medios se entregan a la grotesca tarea de acorralar testigos y estudiantes traumatizados y a presionarlos para que rindan declaraciones. Cualquier cosa. Impera el sensacionalismo. Lo demanda una nación obsesionada por el crimen. Lo justifica la competición por los ratings Lo garantiza la Constitución.

No hay detalle que escape. Por inconsecuentes que sean. A menos de 24 horas después de la tragedia desfila ante las cámaras un joven vistiendo el suéter perforado por una de las balas asesinas que le penetró el brazo derecho. “¿Cómo te sientes?” indaga el periodista. “Anonadado” responde. Da la vuelta y se marcha. Otro relata cómo bloqueó la puerta del aula con una mesa evitando que el pistolero cobrara más víctimas entre sus compañeros. “¿Te consideras un héroe?,” pregunta melodramáticamente la entrevistadora. El chico rompe en lágrimas. Otro estudiante muestra borrosas imágenes captadas en su videoteléfono digital. No se distingue mucho pero se escuchan disparos a granel. La televisión repite esta escena una y otra vez. Según el reportero, el segmento ha recibido más de un millón de visitas en el Internet de la estación.

En otro pueblito, un enjambre de antenas parabólicas está al acecho. Varios equipos de televisión acosan a los familiares del asesino. Repiten una y otra vez que éste es de origen surcoreano, como quien dice “no es uno de los nuestros.” Sin embargo, los parientes de Cho Seung Hui no desean hablar con nadie. En estas circunstancias, la prensa entrevista al cartero del barrio y a cuanto vecino esté disponible. Todos están de acuerdo que la familia surcoreana es respetuosa, amable y reservada. Como cualquier otra familia estadounidense.

¿Trágico desenlace? Por supuesto. No es necesario entrar en detalles para comprender la magnitud del homicidio múltiple. Las autoridades lo saben. La administración universitaria, los voceros de los hospitales donde se recuperan los estudiantes heridos y la policía se limitan a escuetos comentarios para respetar y proteger la privacidad de las víctimas y de sus familiares y para no entorpecer las investigaciones.

No así la prensa. ¿Teatro periodístico? Indudablemente. La prensa se especializa en transformar los hechos en melodrama. A falta de detalles, especula. Hurga archivos y revive para la pantalla y el micrófono crímenes similares del pasado. Cada cual a cual más sangriento y sensacional. Mientras no obtengan información de las autoridades, llenarán espacios y horas de televisión y radio a su antojo. Los medios mantendrán en vivo el interés del público a como dé lugar. Para satisfacer su mezquina necesidad convierten el crimen en circo. Extraen de sus recovecos a cualquier cantidad de criminalista desempleados, siquiatras, sicólogos, políticos y analistas dispuestos a dar rienda suelta a su narcisismo.

En estas circunstancias, y prácticamente todos a una, los auto denominados expertos se contemplan el ombligo, buscan fallas en todo menos en sus propios valores sociales y concluyen con la misma inútil, aburrida pregunta retórica “¿Cómo podría ocurrir semejante tragedia en nuestro país?” Nadie ofrece solución. Ninguno tiene la valentía de admitir que los crímenes ocurridos son endémicos a la sociedad de la súper nación.

Es así que de manera impersonal cuestionan “¿Cómo es que con tanta tecnología no se hayan anticipado las acciones del asesino?” Por supuesto, los expertos no admiten que la nación más perfecta del mundo no es tan perfecta. ¿Imperfecciones en los Estados Unidos? ¡Imposible!

No hay objetividad. No dan explicaciones sanas, razonables. Por supuesto que las hay pero no es conveniente darlas. Por una parte, en el estado de Virginia cualquier individuo, inclusive un menor de edad, tiene derecho a comprar, poseer y portar armas de cualquier calibre sin permiso de ninguna clase. Por otra la multimillonaria Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés), el lobby nacional más poderoso en la nación, jamás le ha permitido a la Casa Blanca o al Congreso que se aprueben leyes para controlar la compra o la posesión de armas entre la ciudadanía. Ni pensarlo. Sería inconstitucional. No sorprenda entonces la violencia generalizada. A pesar de contar con una población de más de dos millones de criminales en prisión y de más de 600 mil fugitivos, los Estados Unidos encabeza la lista de sociedades más violentas del mundo. Pero es inconveniente admitirlo.

Es inconveniente también buscar una razón tras ésta y otras masacres. Los analistas se limitan a preguntarse ¿Por qué ocurriría la masacre en Virginia? La respuesta queda en el aire. En realidad, si esta gente se siente incapaz de resolver este ficticio dilema es porque no quiere hacerlo. De otro modo encontrarían la repuesta en su propio entorno, en la sala o en el cuarto de estar de sus hogares en donde la disposición hacia el crimen comienza a una temprana edad.

Si por un momento los expertos abandonaran su arrogante jingoísmo y dejaran de hacerse la vista gorda a lo obvio, observarían a simple vista que las atrocidades cometidas por el invasor contra la población civil de Afganistán e Iraq, trasmitidas a diario en los medios de comunicación de los Estados Unidos, desensibilizan a la familia. Con este nefasto concepto de democracia en mente, el niño estadounidense crece y se desarrolla preparándose a aceptar la violencia como el pan nuestro de cada día.

Si esto no fuese suficiente, la industria tecnológica de mayor rentabilidad e influencia en la niñez se dedica asiduamente a crear y distribuir los más costosos y violentos juegos electrónicos en la historia de la humanidad. Sus principales usuarios, entre los cinco y los 25 años de edad, pasan horas interminables perfeccionando la técnica de matar gente como entretenimiento. El paternalismo de los analistas de marras les conduce a opinar que los juegos son inofensivas distracciones de niños. Se equivocan. Cualquier trabajador social con dos centavos de sesos concluiría que los juegos electrónicos, el incontrolable militarismo y la incontenible violencia en el cine y la televisión no son otra cosa que una introducción formal al crimen.

Quizás la tragedia en la Universidad Tecnológica de Virginia depare inimaginables ramificaciones. Quizás nunca se sabrá qué motivó a Cho Seung Hui a cometer semejante barbarie. Sin embargo es hora que la población de los Estados Unidos reconozca que el terrorismo internacional es una ficción creada por Washington y apoyada por la prensa. La verdadera amenaza a la seguridad de la nación, y a la seguridad mundial, es la violencia criolla. Al dedicarle tratamiento sensacionalista, similar a jugoso guión en la larga historia hollywoodense de películas de acción sobre la miseria humana, la prensa fracasa en su responsabilidad ante el público. Este fracaso profundiza y engendra más violencia. Lo que ocurrió en la Universidad Tecnológica de Virginia no es caso aislado. Al contrario, tan frecuentemente se repiten estos sucesos en centros de educación estadounidenses que en cualquier país civilizado constituirían una crisis de valores. En los Estados Unidos la epidemia representa básicamente otro artículo más, otro escalón en la lucha por puntaje en los ratings de los medios de comunicación. Tienen jodidas sus prioridades.

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