sábado, abril 21, 2007

Habla el muerto: Masacre revela racismo en medios, fracaso del sistema social estadounidense

Por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York


Toronto, Canadá – Nadie se imaginó que el muerto hablaría. Lo hizo hasta por los codos. En video. Típico de una nación obsesionada por la gratificación instantánea. Chocante gratificación en esta instancia.

En medio de la racha de asesinatos, Cho Seung Hui se desvió a las oficinas de correo de Blacksburg, Virginia. Acababa de matar a dos estudiantes. Antes de proseguir con la mortífera misión de exterminar otras 31 vidas más, el joven asesino hizo una pausa de dos horas. Remitiría un paquete a la cadena de televisión NBC en Nueva York.


Contenía un macabro testamento visual. Cho Seung Hui, de 23 años, se dirigía a todos y a nadie. Utilizando lenguaje soez y blandiendo violentamente las armas destinadas a cobrar más víctimas inocentes, el estudiante de cuarto año de literatura de la Universidad Tecnológica de Virginia dio rienda suelta a la furia, a la frustración, al odio y a la insuficiencia social que caracterizaron su corta, miserable existencia.

La NBC recibió el comunicado fatal a la mañana siguiente de la masacre. No lo pensó dos veces. Corrieron con la noticia. La sacaron al aire de inmediato. El resto de las cadenas nacionales e internacionales compraron los derechos. Trasmitirían el video incesante, ininterrumpidamente. Nadie pensó en el luto nacional. Nadie tomó en cuenta el doloroso impacto que la minuciosa, salvaje descripción de los hechos de parte del criminal provocaría entre los parientes y amigos de las víctimas quienes a duras penas comenzaban a percatarse de la magnitud de la tragedia. En la constante guerra entre los medios por mantenerse a la cabeza de los ratings nada cuenta más que el sensacionalismo del momento. Mientras más jugosa la noticia, mejor.

El consabido desfile de expertos instantáneos analizaría detenidamente cada presentación del video. De nada sirve tratar de imaginarse de qué recoveco sale esta gente pero la televisión estadounidense los desempolva sin desenfado a cualquier hora del día o de la noche. Supuestamente lo harán en aras de prestarle mayor credibilidad a la noticia. La realidad es diferente. El principal propósito del experto es venderle el plato del día a un público hambriento de sensacionalismo.

En el caso de la tragedia sirvió para algo más. Expuso y reiteró el racismo inherente en los Estados Unidos. El análisis del video y de los hechos no solo se convirtió en un colectivo lavado de manos sino que adjudicó culpa a la nacionalidad del criminal. Se manifiesta clara, perversamente en los comentarios de los presentadores y de cada uno los tarados analistas dotados de rimbombantes títulos. Credenciales indispensable también por aquello de la cochina credibilidad.

Haciendo caso omiso de que Cho Seung Hui llegó a los Estados Unidos a los 8 años de edad, de que vivió, creció, se educó entre la clase media y de que era prácticamente ciudadano estadounidense como tantos otros jóvenes gringos, los expertos fundamentaron sus prejuiciosos argumentos en la ciudadanía de Cho Seung Hui, un residente legal de origen surcoreano. Con ello pretendían convencer al público de que el criminal “no podía ser uno de los nuestros.” ¡Impensable!

Pero de lo que cabe duda es que la aterrante presentación de las amenazas del pistolero en el video provocó choque, repudio y asco a los parientes de las víctimas, al alumnado, al profesorado de la Universidad, al público en general y en particular a los sur coreanos residentes en los Estados Unidos. Temerosos de convertirse en víctimas de la venganza de alguno de esos desalmados que sobran en el país de las maravillas, la familia de Cho Seung Hui ha desaparecido. Juiciosamente se esconde del público y de la prensa.

Inmediatamente después de salir al aire el video, detectives del Buró Federal de Investigación (FBI) contactaron a la Embajada de Corea del Sur para asegurarle a la representación diplomática en Washington que la agencia garantizaría la seguridad personal de los padres del asesino. ¡Hermoso gesto! Quizás inadvertidamente, la inverosímil medida del FBI contribuye al temor de la familia y refleja la institucionalización del racismo.

Encubre a la vez otras descomunales fallas del sistema. Tanto los maestros de secundaria como los profesores universitarios y compañeros de estudios habían advertido en numerosas ocasiones a las autoridades sobre la falta de estabilidad mental de Cho Seung Hui. Se manifestaba en su comportamiento en clases. En acusaciones de acoso sexual. En trabajos escritos saturados de violencia. En su conducta antisocial. En dos oportunidades fue capturado y sometido a evaluación siquiatra. Se le diagnóstico bipolar. Sicótico. Con delirio de persecución. En otras palabras, una bomba de tiempo ambulante. Fue detenido brevemente. Un par de días. Se le puso en libertad. Nadie hizo nada para evitar la eventual, inevitable explosión.

Según siquiatras especialistas en desórdenes mentales, un cuarto de millón de personas en los Estados Unidos padecen de peligrosos síntomas sicológicos similares a los de Cho Seung Hui. Andan libres por las calles, hogares, oficinas, ejército y escuela. Viven y se desenvuelven en pueblos y ciudades de todos los niveles de la sociedad. Son nuestros vecinos. Aparentan normalidad. No lo son pero no se les ayuda a menos que se sometan voluntariamente a tratamiento y dispongan de fondos o de seguro de salud para que se les admita a una institución.

En cualquier caso, señalan los mismos expertos, el sistema tiene las manos atadas por la ley. No se puede hacer nada. No dispone la sociedad ni de mecanismos legales ni de la intención de implementar dichos mecanismos para prevenir desgracias hasta que el individuo no cometa un crimen. En estas circunstancias cabe preguntarse si los legisladores y los medios de comunicación, despojados de conciencia cívica, no padecerán también de similar, incurable demencia.

No todos los 200 mil afectados por enfermedades mentales son coreanos. Nada justifica tampoco el crimen del universitario. Sin embargo a la hora de deslindar responsabilidades, obviamente es más práctico lavarse las manos colectivamente. No importa que una vez más quede al descubierto el racismo. Es más conveniente achacar la bancarrota social a otra nacionalidad que admitir el fracaso total del sistema de salud en la nación más desarrollada del mundo. Ni el avestruz es tan estúpido.

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