viernes, julio 06, 2007

Carne de cañón en Afganistán: Servilismo de Harper costosa lección para Canadá

Por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York


Toronto, Canadá – Al igual que su homónimo en la Casa Blanca, Stephen Harper jamás se ha encajado un uniforme. Ni siquiera de niño explorador. Ninguno tiene la menor idea de lo que significa combatir contra un enemigo armado y decidido. Ninguno de sus hijos está enrolado en el ejército. Ninguno lo permitiría. Hasta ahí no les llega el patriotismo.

Sin embargo tanto el flamante Primer Ministro canadiense como el presidente George W. Bush no vacilaron un instante en involucrar a la juventud de ambas naciones en dos invasiones universalmente condenadas por la mayoría de sus constituyentes y por el mundo civilizado.


Haciendo eco del guión de su mentor, Harper repitió en Canadá el falaz argumento de que el envío de tropas era necesario para protegernos del terrorismo. Soberana mentira. La realidad y los expertos, entre ellos varios ex generales del ejército estadounidense, nos aseguran que Bush y el vicepresidente Dick Cheney desencadenaron los ejércitos con el doble propósito de subyugar el Medio Oriente y de apoderarse y controlar la distribución del petróleo a nivel mundial. Nada más. Nada menos.

¿La amenaza de Saddam Hussein? Desapareció del radar. Nunca existió. El antiguo aliado de Washington yace bajo seis pies de tierra. Debidamente ejecutado. Al borrarlo del mapa simultáneamente se descartó la inverosímil acusación de que Hussein hubiese dirigido los ataques del 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Hoy la opinión mundial da por descontado que Bush, Cheney el ex Primer Ministro británico Tony Blair utilizaron el argumento contra el dictador de Iraq exclusivamente para justificar las invasiones de esa nación y de Afganistán.

Como resultado, de acuerdo con los expertos en el terrorismo internacional y los reportajes diarios en los medios de comunicación, la criminal aventura de Washington y de sus aliados ha servido el propósito de destruir físicamente a Iraq y Afganistán, de provocar la muerte de cientos de miles de víctimas inocentes y de convertir a los Estados Unidos y a los socios en Inglaterra y Canadá en el blanco de la furia de los militantes de las naciones invadidas. ¿El papel de Harper? Tartamudear obedientemente las directivas del titiritero y comprometer la vida de sus ciudadanos y la seguridad de la nación.

Esta semana explotó otra bomba colocada por la resistencia en el camino por donde transitaba un vehículo acorazado, supuestamente a prueba de bombas. La explosión mató instantáneamente a los ocupantes del vehículo. Seis soldados canadienses. Con ellos asciende a 66 combatientes y un diplomático canadiense muertos en Afganistán. Héroes para algunos. Carne de cañón de Harper para otros.

A medida que asciende la cuenta, Canadá despierta a la realidad de que la nación fue burdamente engañada por el Primer Ministro. Aprovechándose de la establecida, prestigiosa imagen del ejército canadiense en misiones de paz, Bush convenció al sumiso, ingenuo gobernante canadiense de enviar tropas al Medio Oriente con el pretexto de asistir en la reconstrucción de Afganistán.

Desde el comienzo hubo problemas con la invitación. Harper y Bush, a pesar de compartir el inglés, no hablan el mismo idioma. Harper no se imaginó que para reconstruir Afganistán primero sería necesario reducirlo a escombros. En perversa prisa por complacer al hermano mayor, el neófito primer ministro también ignoró que en el lenguaje de la Casa Blanca tropas de paz significa tropas de guerra. Terrorismo estatal equivale a implantar por las armas la hegemonía de Washington en naciones débiles. Es así que Harper hundió a Canadá en el imposible atolladero en que se encuentra ahora.

A pesar de la creciente protesta nacional por la participación canadiense en una guerra que jamás le incumbió, Harper aún se niega a recapacitar. Durante una breve entrevista en Halifax, Nueva Escocia a raíz de la muerte de los seis soldados, Harper indicó que era “demasiado temprano para comenzar a debatir el futuro de las tropas en Afganistán,” cuyo compromiso concluye en febrero del 2009.

Terca actitud. Aislante también. Tony Blair, uno de los pilares de Bush, tuvo que dimitir del puesto de Primer Ministro por acceder a las demandala Casa Blanca y apoyar la invasión en el Medio Oriente. Igual le ocurrió a José María Aznar, el insignificante y petulante ex primer ministro de España y perrito faldero presidencial. En los Estados Unidos Bush corre la misma suerte. No solo ha perdido la confianza y el respeto de sus incondicionales republicanos en el congreso sino que ha caído al nivel más bajo de popularidad en la historia de la presidencia estadounidense.

Independiente de que el fracaso en Afganistán y en Iraq le costará las próximas elecciones al partido republicano, los políticos concurren en que Bush “lidera” la nación con todas las características de un inútil y torpe pato renco. Antes fieles, ahora se distancian del gobernante. Pasa Bush de mandamás a manda menos. Se hunde el barco. Lo abandonan las ratas.

En estas circunstancias, el compromiso del primer ministro en Afganistán es insostenible.

Harper es como el pintor de pintas al llegar la policía. Mientras pintaba lo más alto de la pared, sus socios se las dispararon removiéndole la escalera. Le dejaron colgando de la brocha. Cuando se dé contra tierra firme, le habrá costado el puesto también. Se lo merece por equivocarse de lealtades. Por sacrificar las vidas de soldados canadienses en una invasión injustificada. Canadá jamás tuvo vela en ese entierro.

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