miércoles, agosto 15, 2007

Otro mundo es posible y otros obispos también: A los 90 años del natalicio de Monseñor Romero de América

Rvdo. César Henríquez

La iglesia cristiana, católica o protestante, ha desempeñado papeles determinantes en la historia sociopolítica de los pueblos de América Latina. Desde que Colón piso las tierras de Abya Yala, los representantes de la iglesia de entonces no observaron ninguna contradicción entre la conquista armada de los españoles y la fe cristiana. De hecho, ellos estaban convencidos que oponerse a tal conquista era una manera de oponerse al mismísimo Dios.

La iglesia en esta triste historia se colocó al lado de los poderosos y en contra de los débiles, en este caso los pueblos indígenas. Por supuesto, hubo honrosas excepciones como fue el caso de Bartolomé de las Casas, quien después de estar al lado de los conquistadores se ubica como defensor de los derechos de los indígenas.


Desde entonces, la iglesia institucionalizada se ha hecho aliada de las clases dominantes, a tal punto que se legitima teológicamente las relaciones de opresión y se sacraliza la división de clases. En otras palabras, la iglesia se convierte en instrumento de los grupos dominantes y transmite una fe alienante que domestica las conciencias de los oprimidos. Pero así como la fe que se institucionaliza y pierde su fuerza liberadora, también hay hombres y mujeres de fe que se revelan en contra del "dios oficial" y se colocan al lado de los pueblos oprimidos y del Dios liberador, aun, a consta de su propia vida.

En la década de los 70, en medio de grandes conflictos sociopolíticos en Centroamérica un obispo que tradicionalmente se había conformado con repetir las enseñanzas de la institucionalidad, se convierte no sólo al Dios liberador, sino al pueblo con necesidad de ser liberado. Monseñor Arnulfo Romero, aunque era parte de la jerarquía de la iglesia, decide asumir la voz del pueblo salvadoreño y la fe que se vive desde los expoliados socialmente. Su voz de profeta rompió la lógica de los líderes religiosos que se acomodan a los sistemas que promueven los grupos de poder, y como arzobispo del Salvador se convierte, junto a otros religiosos y religiosas, en uno de los máximos interpretes de los clamores del pueblo.

Cada Homilía de Monseñor Romero era una novedosa y escandalosa manera de entender y vivir el evangelio, actitud que le hizo ganarse el rechazo y el ataque, no sólo de quienes detentaban el poder político, sino de sus propios colegas religiosos, tanto dentro como fuera de su país. Un ejemplo de ello lo encontramos en la Conferencia Episcopal de Puebla donde sólo unos 10 obispos firmaron una carta donde se expresaba el apoyo a la posición que Romero había asumido a favor de su pueblo. Y uno se pregunta: ¿Por qué sólo diez obispos son capaces de manifestar su respaldo al ministerio pastoral de Romero? Y nos seguimos interrogando. ¿Los que no firmaron a quienes respaldaban entonces? ¿Qué evangelio proclamaban? Es más ¿En que Dios creía? Las respuestas son obvias pero también vergonzosas.

La institucionalización de la fe y por ende del mismo Dios por parte de la burocracia eclesiástica, ha sido en América Latina uno de los aliados más férreos del status quo. La posición de resistencia y de solidaridad con el pueblo que sufre hace de Romero un obispo "traidor" y además "hereje", cuya escandalosa manera de ejercer su labor pastoral lo convierten en portador de un Dios que no hace alianzas con los poderosos y además de una fe que no representa a la oficialidad. De manera que el Dios de Romero no está institucionalizado y su fe es extraoficial.

Hacer opción por la vida en una cultura que promueve la muerte es un suicidio evangélico promovido por el mismo Jesús de Nazaret y testimoniado en los evangelios del Nuevo Testamento. El mismo Jesús nos recuerda que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto… Juan 12.24. es que no puede ser de otra manera: colocarse del lado de los débiles, automáticamente nos coloca en contra de los poderosos y pasamos a ser objetivos políticos y hasta militares.

Las reiteradas amenazas de muerte de las cuales fue objeto Monseñor Romero se hacen concretas el 24 de marzo de 1980 cuando oficiaba una misa en la iglesia la capilla del Hospital de La Divina Providencia donde habitaba. Consciente de los riesgos que corría había dicho en una oportunidad.

"Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro. Si llegasen a matarme, perdono y bendigo a quienes lo hagan…."

El vil asesinato produjo una gran indignación y convulsión en el pueblo salvadoreño, y centenares de sacerdote, religiosos y religiosas, así como también obispos, y representantes de las diversas confesiones cristianas acudieron de diversas partes de América latina a darle el último adiós al ahora Mártir de América. Como era de esperar, muchos fueron a verificar si realmente estaba muerto y otros y otras a identificarse sinceramente con el dolor del pueblo salvadoreño y la valentía de su pastor.

Pero como quienes se toman el evangelio en serio, hasta muertos representan una amenaza para las oligarquías y los grupos de poder, en pleno sepelio y con religiosos venidos de todo el mundo y las calles alrededor de la iglesia repletas de pueblo, de repente desde los balcones y edificios, donde solo tenían acceso los militares y paramilitares, se disparó en contra de la multitud arrojando cuarenta muertos y doscientos heridos. Como era de esperar el gobierno negó su participación en el hecho. Un grupo de pastores y sacerdotes emitió un comunicado de prensa donde expresaban una clara acusación en contra del gobierno. Declaración que no fue publicada ni por la prensa salvadoreña ni por ningún periódico de Centroamérica por considerarla un tema delicado. El fondo del asunto es que la prensa en todas partes del mundo es aliada de los sectores económicos que ejercen el control de los pueblos.

Pero hay un detalle que vale la pena rescatar en esta declaración no difundida y es el hecho de que entre los firmantes de dicha declaración está el nombre del Padre Juan Vives, quien es el único que aparece firmando por Venezuela. Esto también nos da una idea sobre la diversidad de firmas que se generan dentro de la iglesia: hay quienes firman a favor de la muerte y otros, como el Padre Vives que firma a favor de la vida y la justicia.Óscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios (San Miguel) el 15 de agosto de 1917 y su legado como pastor al lado de los humildes y del pueblo oprimido nos convoca a replantearnos las opciones ministeriales de quienes servimos como clérigos o laicos comprometidos. ¿A que intereses servimos? ¿Nuestros sermones que sistema legitiman? ¿Promovemos al Dios oficial o al extraoficial que vive con el pueblo? ¿Nos preocupa más la institucionalidad de la iglesia o la liberación del pueblo?

Estamos más que convencidos que otro mundo es posible, pero también es posible otros obispos, otros pastores y pastoras que junto al pueblo construyan una sociedad mas humana y menos injusta. De manera que desde la fuerza de la fe liberadora delevangelio, recordamos el valiente testimonio de San Romero de América, como ejemplo y legado a seguir por las diversas comunidades eclesiales que hacen vida desde las entrañas del pueblo venezolano.

"Un obispo morirá, pero la iglesia de Dios que es el pueblo, no perecerá jamás". Arnulfo Romero

cesolka@gmail.com

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