domingo, marzo 04, 2007

La carrera del cojo

“Pero si va desnudo”

Imagen de Bush se hunde más en paseo de cojo por el Hemisferio


Por Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York

Toronto, Canadá – George W. Bush se desenvuelve en su propia, aislada realidad. Un entorno de espejos, humo y malabarismos totalmente divorciado del mundo racional. Se engaña con el cuento de que fue electo Presidente de los Estados Unidos. Se aferra a la falacia de las armas de destrucción masiva. Se declara victorioso ante contundentes derrotas en Afganistán e Iraq. Se ufana de intimidad con aliados y correligionarios que se le escabullen. Se cree muy listo en una nación que le designa ignorante pato cojo. Se receta un paseo por el Hemisferio supuestamente para remendar cercos derrumbados.

Demasiado tarde. Misión imposible. Bush actualiza la metáfora de El nuevo traje del Emperador (1837), el cuento de hadas danés de Hans Christian Andersen. Dos charlatanes, Guido y Luigi Farabutto, convencen a dos ministros del vanidoso rey de que le podrían fabricar un traje de la tela más suave y delicada que el amo pudiera imaginarse. Además la prenda tendría la capacidad de ser invisible para “cualquier estúpido o incapaz para su cargo.” Por supuesto, los enviados del rey no admitieron que eran incapaces de ver la prenda. Al contrario, al igual que los serviles del ocupante de la Casa Blanca, la alabaron y le ayudaron a encajarse el inexistente atuendo. Sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla, el rey desfiló por las calles. La multitud, temerosa de que otros se dieran cuenta de que tampoco podían ver el nuevo traje del Emperador, aplaudía frenéticamente hasta que un niño exclamó “¡Pero si va desnudo!” La voz del inocente obligó a la multitud a reconocer la farsa. Comenzaron a gritar que el Emperador iba desnudo. En pelota. El rey les oyó. Ignoró la verdad a través de los ojos del niño. Su vanidad hizo caso omiso de los gritos y terminó el desfile.

Hoy Bush intenta replicar la hazaña durante su gira por la América latina. Más le valdría no hacerlo. Nuestra gente sabe muy bien cómo viste el emperadorcito. En su país y en su propio partido republicano Bush se encuentra tan desprestigiado que hasta los más acérrimos, ultra conservadores precandidatos en las elecciones presidenciales del 2008 se distancian del mandamás para no arriesgar su supervivencia política. Su fracasada invasión en el Medio Oriente sirve de incentivo a los defensores nacionalistas de Afganistán y de Iraq mientras que las mercenarias tropas de ocupación se desmoralizan y claudican.

Su política racista contra ciudadanos árabes e inmigrantes de habla hispana, disfrazada de medidas antiterroristas que permiten erigir murallas fronterizas, transportar, recluir, violar y torturar sistemáticamente a prisioneros en las cárceles de Guantánamo y de otros países, le merece repudio universal y le garantiza un ignominioso legajo a su administración. Su popularidad registra los niveles más bajos en los anales presidenciales de la nación.

En estas circunstancias Bush encaja a la perfección en la designación conque los burócratas y los analistas políticos estadounidenses caracterizan a mandatarios inútiles: Bush es un pato cojo. Renquea hacia el ocaso de su mandato. Lo hace visible y miserablemente desorientado. En los 20 meses que le quedan en el poder da vueltas en redondo. Sin dirección. Sin brújula. Sin timón. Testarudo. Ciego. Pero al igual que el Emperador del cuento, sigue en el desfile. Esta vez la procesión apunta al Hemisferio.

Del 8 al 14 de marzo el circo del fracasado aspirante a emperador desfila por cinco países de la América latina. En esta ocasión Bush lleva traje de teflón. Para que se le escurra el abucheo de las multitudes. Confeccionado por Guido Cheney, Condoleezza Farabutto y otros serviles charlatanes del séquito. Cabe preguntarse, retóricamente por supuesto, por qué diablos va de paseo a nuestra América el emperadorcito de marras. La respuesta es tan obvia como el transparente traje. No viene a nada. Absolutamente a nada.

Algunos tontos sugieren que la gira de Bush responde a la necesidad de reparar años de “benigna indiferencia” de parte de su administración hacia Latinoamérica. Que la supuesta negligencia de la Casa Blanca provocó el giro latinoamericano hacia la izquierda. ¡Imbéciles! La lógica es tan ilógica como lo sería pensar que la despreocupación de Latinoamérica por Washington provocó tales ataques de inseguridad emocional en Bush que lo condujeron a arremeter irracionalmente contra medio mundo en el Lejano Oriente. ¡No faltaba más!

Afortunadamente la realidad es más sencilla. América latina echó a andar por su cuenta desde mucho antes que llegara Bush a la presidencia. Lo logró a pesar de la constante intromisión de sus predecesores. Lo logró superando la continua injerencia del Sr. Bush y sus secuaces. Pocas veces en la historia han desfilado por Latinoamérica tantos lame botas de Washington tratando de interrumpir la inexorable marcha de nuestro Hemisferio por su soberanía. Todos los hijitos de Bush fracasaron.

A pesar de viles y criminales intentonas de desestabilización de parte de una mafiosa pacotilla de cubanos americanos en el gobierno de Bush, Cuba consolidó su revolución y salió adelante más fortalecida que nunca. Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Nicaragua, Uruguay y Venezuela, contra la voluntad e infames maniobras de Washington, eligieron democráticamente gobiernos progresistas y antiimperialistas. Vendrán más.

¿De cuándo acá el turismo de la Casa Blanca? No es remoto que la gira responda a la preocupación en Washington al firmarse el acuerdo ALBA o por los respetuosos lazos comerciales con China, Taiwán, Corea del Sur y la India en lo que la Casa Blanca antes consideraba su patio trasero. Tampoco es remoto que Bush quiera evitar el irremediable desplome de los onerosos y explotadores tratados de libre comercio impuestos por Washington, salvar el usurero pellejo de sus compinches en el Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial. En fin, no es remoto tampoco que la Casa Blanca organizara la gira presidencial para distraer la atención del público y alejarlo del callejón sin salida en donde se derrumba estrepitosamente la imagen de Bush. ¿Será quizás por Fidel? ¿Chávez? ¿Lula? ¿Kirchner? ¿Morales? ¿Ortega? Todos bien. Gracias.

En cuanto a Bush, aparte de uno que otro servil que ve la invisible prenda como cualquier estúpido incapaz para su cargo, en el Hemisferio se le repetirá a Bush el episodio de Iraq. Nadie le espera con los brazos abiertos. No hay bienvenida. Le asesoraron mal sus esbirros. Nuestra América no es súbdita de nadie. Marcha adelante. Incontenible. Soberana. Progresista y por su propia cuenta. Lo experimentará Bush en carne propia. Escuchará la voz del pueblo que dice “¡Pero si va desnudo!” Terminará el desfile del cojo. No se repetirá la gira. Y mientras no vuelva por estos lados a lucir su miserable desnudez, mejor.

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