domingo, enero 28, 2007

Centroamérica - El tren de la muerte

Odalys Troya Flores*

Redacción Central (PL).- Aunque el título de este trabajo pudiera recordar una de esas obras comerciales holywoodenses, la realidad del tren de los migrantes supera con creces el terror que venden esas películas.

Desde Tapachula, en la frontera entre Guatemala y México, salía el esperanzador tren en el que cientos de personas, particularmente de Centroamérica, han intentado por años atrapar el sueño americano.


El huracán Stan dejó inutilizados algunos puentes de la vía férrea y su salida se trasladó a unos 270 kilómetros más al norte, al poblado de Arriaga.

Y de igual forma, diariamente los emigrantes tratan, de cualquier manera, engancharse y dejar atrás un mundo de pesadillas.

Claro, lo que unos saben y la mayoría no es que en ese recorrido de casi mil 500 millas a través de México hasta la frontera con Estados Unidos suele empezar otra pesadilla.

Un montón de ilusiones queda truncado en el intento de subir o bajar al tren.

Estudios aislados dan cuenta de que la mayoría de los que pasan por allí son hondureños.

ILUSIONES TRUNCAS

El 15 de diciembre último, David Reyes, originario de Olanchito, en el departamento de Yoro, Honduras, salió de su hogar y dejó atrás a su esposa y cinco hijos, para conseguir un empleo.

Como la mayoría de los emigrantes hondureños, es decir, el 85,8, Reyes optó por el mercado laboral de trabajo en Estados Unidos. Pero lejos de poder ayudar a su familia, se convirtió en una carga para ella.

Este hombre de 30 años perdió un pierna en su intento de abordar el tren de los migrantes.

"El camino es muy duro, intenté subir varias veces pero tropecé y perdí mi pierna", aseguró tras ser devuelto a su país, sin empleo, ni dinero y peor aún, sin la esperanza de una ayuda gubernamental que le permita alimentar a su numerosa prole.

Hasta Arriaga, como en una procesión, llegan caminando por los mismos motivos que Reyes hombres, mujeres y hasta niños después de sortear un sinfín de obstáculos:

Asaltos, sobornos de agentes policiales, ofertas de empleo por parte de patrones inescrupulosos que después no les pagan por el trabajo hecho, violaciones, y muchas otras vejaciones hacen bien tenebroso el camino al tren.

Pero a pesar del triste panorama, la situación que los obliga a salir del país los hace obviar todo tipo de peligros.

Es por eso que sólo siete hondureños de cada 100 logran llegar a Estados Unidos legalmente, según un estudio realizado por el Foro Nacional para las Migraciones.

De cada 100 que intenta rebasar la línea fronteriza como "espaldas mojadas", únicamente 17 alcanzan su objetivo, y 75 de cada 100 que llegan son deportados.

El Instituto Nacional de Estadísticas de esa nación Centroamericana indica que la falta de fuentes de empleo constituye la principal causa que estimula la migración internacional.

Es cierto, las edades de la mayor parte de estas personas que se aventuran en tan desafortunado viaje oscilan entre 17 y 35 años, población económicamente activa.

No obstante, la multiplicidad de móviles de este fenómeno en el país va desde los bajos salarios, la inseguridad social, las deficiencias en los sectores de la salud o habitacional; hasta los que huyen de sus propias pandillas. El alto costo de la supervivencia no deja muchos caminos.

ESPERANZA Y PESADILLA

El "tren de la muerte" nada tiene que ver con ni siquiera los más humildes coches para pasajeros. Son vagones de carga, y quienes los abordan tienen que aguantarse de lo que puedan.

Nadie sabe el día ni la hora en que va a pasar. Como un fantasma puede aparecer de noche. En la espera se forman grupos de 400 o 500 personas, aunque cerca de la vía se esconden muchos más.

Se habla bajito, casi en susurro. Todo el mundo conoce la historia del tren, pero si las autoridades los cogen, toda esperanza se desvanece.

La espera puede durar horas. Nacen amistades, amores. Quedan promesas, -no te preocupes, yo te ayudo, tengo algunos parientes allá...

Alguien emite alguna señal, aunque el ruido por los rieles de hierro anuncia la llegada.

En estampida corren a abordarlo. Algunos caen. Intentan de nuevo. Lo logran. Otros no pueden. La física les juega una mala pasada, como un imán la enorme mole los atrae hacia su pesado vientre. Nadie quiere mirar. Hay que seguir. La amistad, el amor o la promesa pudieron quedar desangrados sobre los rieles.

Pero como la vida del emigrado, desde que opta por esta condición, es de tragedia en tragedia, para los que logran subirse al tren renacen otros temores, otra vez el miedo a caerse que perdura durante todo el viaje.

Quedarse dormido, bajar en busca de agua o alimentos y volverse a subir son algunas de las más reiteradas formas de desprenderse y perder bajo la maquinaria de hierro brazos o piernas, o ambos miembros, o incluso morir.

A ello se suman las extorsiones de los empleados de la Seguridad Privada de la empresa de ferrocarriles y hasta de los mareros que consiguen controlar todo el tren.

Al final, la frontera, la luz del sueño americano. Un recorrido de muerte comienza otra vez.

Pero sin dudas, la terrible opción es para los más pobres de los pobres, para los que no pueden pagar los más de cinco mil dólares que cobran los contrabandistas por el viaje de América Central a Estados Unidos. Hasta en eso hay brechas.

El tren de la muerte ha quedado para la clase más vulnerable de emigración.

*La autora es periodista de la Redacción de América Latina y el Caribe de Prensa Latina.

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