domingo, diciembre 16, 2007

Un Cuento de Amor entre Alicia Alonso y los niños

En grupo, (de izquierda a derecha): Alicia Alonso, Prima Ballerina Absoluta; Mavis Staines, Directora Artística, Escuela Nacional de Ballet de Canadá; Deb Hess, maestra de ballet, programa de intercambio entre la Escuela Nacional de Ballet de Canadá y la Escuela Nacional de Ballet de Cuba; Verónica Tennant, jubilada Prima Ballerina del Ballet Nacional de Canadá, ex alumna de la Escuela Nacional de Ballet de Canadá, productora de documentales sobre Cuba.

Cautivante Visita a la Escuela Nacional de Ballet de Canadá


Por Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York

Toronto, Canadá – En el teatro Betty Oliphant de la Escuela Nacional de Ballet de Toronto no había asiento desocupado. Aunque la audiencia estaba compuesta exclusivamente de niños y jóvenes, estudiantes de ballet de la afamada escuela y de sus maestros. Bulliciosos por naturaleza, esta vez reinaba un silencio absoluto entre los niños. Del silencio que religiosamente se observa en las grandes catedrales. Del que respetuosamente anticipa algo extraordinario en el aire. Así permaneció la audiencia por un buen rato. Casi inmóvil. Reverente. No se escuchaba un susurro.

Cuando Alicia Alonso entró al escenario acompañada de su esposo Pedro Simón, escritor cubano y Director del Museo Nacional de la Danza de Cuba, más de 300 niños en el auditorio se pusieron en pie. El silencio se convirtió en prolongada, delirante, ensordecedora ovación. Cualquiera diría que estábamos ante un ídolo de la música popular. Nos equivocaríamos. Los niños sabían muy bien que eran testigos presenciales de algo único. De un momento histórico. Lo demostraban con el genuino entusiasmo generalmente reservado para miembros de la realeza.

Para los niños, vidas jóvenes entregadas al ballet desde la infancia, Alicia Alonso no necesita introducción. Conocen su historia como la palma de sus expresivas manos. Para la Escuela Nacional de Canadá, que mantiene constante intercambio de estudiantes y profesores del ballet con la Escuela Nacional de Cuba, la visita asumía el manto de un caluroso abrazo entre entrañables y antiguos colegas y amigos.

Después de unas breves palabras, Alicia simple, magistralmente les entregó el podio a los niños. Con una sonrisa de megavatios, la Prima Ballerina Assoluta invitó sus preguntas. Inmediatamente el teatro tomó las características de una íntima reunión familiar. De una abierta manifestación de profunda ternura entre maestra y estudiante, ansiosos ambos de conversar. Fue verdaderamente impresionante.

No es cualquier día que un niño intercambia opiniones con tanta confianza y con tanto cariño con un personaje de la magnitud, de la humildad y de la gracia de Alicia Alonso. Mavis Staines, Directora Artística de la Escuela Nacional de Ballet, bien lo dijo al recordarle al estudiantado y a los invitados de honor que “La visita de Alicia Alonso nos honra en extremo. Nos sentimos en presencia de alguien grande. Esta es una experiencia majestuosa. Única. La llevaremos en nuestros corazones por el resto de nuestras vidas.” Lo sabían muy bien los niños.

Durante más de una hora los estudiantes conversaron con la Prima Ballerina Absoluta. No hubo inquietud que no recibiera especial, extensa respuesta. Al preguntársele cuándo comenzó a bailar, Alicia retornó a su niñez. Como si fuese una conversación entre amiguitos les contó que en esos días, “hace tantos años que no les diré cuándo fue” no había zapatillas de ballet en Cuba. “Pero siempre quise bailar y bailaba en zapatos tenis. Mientras mi hermano practicaba el béisbol y mi hermana jugaba con las niñitas del barrio, yo ponía un disco en la vitrola y bailaba sin parar. Eso sí, bailaba los clásicos. Mi papá, que era teniente en el ejército, a menudo le preguntaba a mi madre si no me cansaba nunca de bailar. Ella le respondió que no. Tiempo después un señor italiano trajo a Cuba un par de zapatillas de ballet. En mi escuela todo mundo se las probó pero solo a mí me quedaron. Desde ese instante, no me las quería quitar ni un momento. Bailaba en mis zapatillas por toda la casa.

“Luego fui a los Estados Unidos. Estudié ballet sin que mi papá lo supiera. Un día de tantos un famoso fotógrafo de la revista LIFE me pidió que diera varios pasos para la cámara. LIFE publicó las fotos. Alguien llamó a mi mamá en La Habana y se lo contó. Preocupada por lo que diría mi padre, mamá le preguntó al llegar a casa si había visto la revista. Mi papá le respondió que no solo la había visto sino que había comprado todos los números que pudo y se los repartió a sus amigos porque se sentía muy orgulloso de su hija.”

Otro estudiante le preguntó quién fue su mejor maestra. “¡Los peores bailarines!,” respondió Alicia sin vacilación. Las carcajadas resonaron en el teatro por largo rato. ¿Y su más dolorosa experiencia? “Perder la vista … pero jamás permití que fuese un obstáculo. Continué bailando. El baile es mi vida. Lo amo sin reservaciones. Claro, ahora que soy directora artística del Ballet Nacional desempeño otro papel. Pero no dejo nunca el baile. Ni me deja. Lo llevo en cada aspecto de mi ser. Cuando alguien me pregunta qué otra cosa me habría gustado hacer, mi respuesta siempre es el baile. Nada más. Es mi felicidad. Aún ahora bailo. En mis adentros pero bailo y no solo eso, soy mi más dura crítica. ¡Terrible conmigo misma! Así deben ser ustedes. Deben de cuidar hasta la manera en que colocan los pies (y demostró) y cada movimiento de las manos, del cuerpo. Es su vehículo más precioso. Más valioso. Para tener éxito, deben entregarse a esta carrera sin claudicar, con pasión, con disciplina, con dedicación, con determinación absoluta. Y ¿saben qué? Yo presiento que lo harán.”

¿Cuál es interpretación es su favorita? “Cada ballet es especial para mí. Cada uno demanda diferentes interpretaciones, diferentes disciplinas. Carmen, por ejemplo, es sensual y bello. El Cisne es elegante. Sensual en diferente manera. En Fall River Legend hay elementos de extraordinario sadismo, de violencia, de asesinato. Hay que ser muy fuerte para compenetrarse de un personaje que, aunque simbólico, mata al padre y a la madrastra en escena. Me posesioné tanto de este personaje que no lo dejaba en el escenario. El director se apartaba de mi lado porque decía que yo era insoportable. Romeo y Julieta es romántico y Giselle es dificilísimo pero un ballet de ensueño para mí que me dio enorme placer y mucha fama.”

“¿Mi momento favorito? Cada vez que estoy a punto de entrar al escenario y comenzar a bailar. Me sobrecoge la emoción. Siento la presencia del público y me entrego totalmente.”

Hubo otras intimidades. Llenaría cuartillas. Lo que no puede quedar en el tintero es que la visita entre Alicia y los estudiantes de la Escuela Nacional de Ballet fue algo bellísimo. Se caracterizó por la indescriptible, sincera emoción de ambas partes y por la intensa ternura entre Alicia y los chicos.

Lo manifestó Alicia al abandonar el escenario, seguida de otra ensordecedora ovación. Lo hizo como solo ella sabe hacerlo. No dijo otra palabra más. Simplemente se despidió con una perfecta, traviesa, clásica pirueta que deleitó a la audiencia a más no poder. Efectivamente, fuimos testigos íntimos, privilegiados de un inolvidable momento en la riquísima historia de Alicia y del ballet que tanto ama.

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