sábado, febrero 25, 2012

Verdades sobre la violencia delictiva en Centroamérica (I)

Por Nils Castro*

Panamá (PL) Aunque los países centroamericanos, salvo una reciente excepción, no son productores de drogas ilícitas sino territorios de tránsito, esto no es prueba de inocencia y tiene diversas implicaciones.

Una, ser partes de una cadena cuyos motores están fuera del área; otra, darles zonas y medios de trasiego (de recepción, custodia, reembarque, reclutamiento de personal, castigo de desleales, facilidades para operaciones marinas, aéreas y terrestres, lavado y movimiento de ganancias, etc.).


Eso conlleva tanto actividades de agentes foráneos y colaboradores nativos, como de corrupción y complicidad de funcionarios locales.

La ilegalidad de esas actividades, junto con las rivalidades entre las bandas e individuos que las llevan a cabo, dinamiza una violencia criminal que llega más allá de los personajes directamente implicados.

Eso incrementa la delincuencia organizada y la violencia criminal en Centroamérica, pero no las explica en su totalidad; porque esos problemas ya ocurrían antes del auge del tráfico de drogas, que ahora los involucra y agiganta.

En otras palabras, resolver la cuestión implica combatir al narcotráfico pero incluye más que esta necesidad inmediata.

Por otra parte, el asunto no radica apenas en las pandillas.

En el pasado V Encuentro Internacional sobre la Sociedad y sus Retos frente a la Corrupción, el representante regional de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (ONUDD) para México, Centroamérica y el Caribe, Antonio Mazzitelli, destacó que el crimen organizado transnacional está diversificado, alcanza proporciones macroeconómicas y sus mercados, rutas de tráfico y dinámicas no tienen fronteras.

Agregó que su incidencia invade a múltiples instancias y sectores: comerciales, financieros, políticos, sociales, culturales, entre otros, señalando que el crimen organizado y la corrupción generan flujos de dinero de unos 2,1 billones de dólares por año.

Al respecto, Mazzitelli observó que en 12 meses el sistema financiero internacional puede lavar sumas equivalentes al 2,7% del Producto Interno Bruto mundial. El Estudio Global sobre el Homicidio 2011 -de la misma ONUDD- atribuye al narcotráfico el aumento de la violencia en Centroamérica. Destaca por ejemplo que en 2010 en Honduras se registraron seis mil 200 asesinatos en un población de 7,7 millones de habitantes, y en El Salvador hubo cuatro mil asesinatos entre 6,1 millones de habitantes.

Es decir, en Honduras la tasa llega a 82,1 homicidios por cada 100 mil habitantes, y en El Salvador a 66. A escala mundial, siguen Costa de Marfil, Jamaica, la vecina Belice (con 41), Venezuela y enseguida Guatemala (con 41,4). Por consiguiente, el "Triángulo del Norte" centroamericano es una de las zonas más mortales del mundo.

En contraste, los países centroamericanos menos inseguros son Costa Rica (con 11,3 y tendencia en aumento) y Nicaragua (con 13,2 y tendencia a la baja). Su vecina Panamá está bastante peor, con 21,6 y subiendo. La OMS considera "epidemia" a cualquier tasa superior a 10. Las implicaciones de tales cifras se agravan con los altos índices de impunidad que las acompañan. Según Ramón Custodio, Comisionado Nacional de Derechos Humanos de Honduras, "muy pocos de esos asesinatos son castigados".

Esa situación contrasta con que en los últimos 15 años la tasa de homicidios disminuyó en Asia, Europa y América del Norte. Como dato de referencia, la tasa de Estados Unidos es de cinco.

El estudio de la ONUDD atribuye el aumento de la violencia en Centroamérica y el Caribe a las crecientes disparidades de los ingresos y a la disponibilidad de armas de fuego. Una explicación que no es falsa pero dista de ser suficiente.

No está de más recordar que, según la CEPAL, Honduras, El Salvador y Guatemala -en este orden, que es el mismo de sus respectivas tasas de homicidios- aparecen entre los países latinoamericanos con peores índices de pobreza, a lo que deben añadirse los de desigualdad.

EL TRIÁNGULO FATÍDICO: UN EJEMPLO BÁSICO

Decir que Centroamérica es un canal de tránsito de drogas que

fluyen hacia el norte, y de armas y dineros que bajan al sur, es una verdad a medias, que esconde otra parte del asunto.

Lo mismo ocurre al afirmar que el aumento de la persecución al delito en México y Colombia motivó que los narcotraficantes mudaran sus operaciones a Centroamérica. Esas verdades incompletas sirven de excusa a algunos funcionarios que no cumplieron oportunamente sus tareas.

Panamá y Costa Rica están más contiguas a Colombia. Pero, aunque en estos países la situación sociopolítica ha venido deteriorándose, eso obedece a causas internas. En ambos, la criminalidad vinculada al narcotráfico ha crecido pero está lejos de alcanzar los dramáticos extremos del triángulo del norte.

A su vez Nicaragua está en medio del istmo centroamericano pero tiene menores tasas de violencia. La mayor gravedad del problema se concentra en Honduras, el Salvador y Guatemala donde, sin embargo, el asunto difiere de una a otra nación. En otras palabras, ese género de explicaciones ayuda a resignar al público (aunque no a tranquilizarlo), sin aportar mucho a la solución del asunto.

En Honduras, con la peor tasa mundial de homicidios, es claro que la situación social especialmente la pobreza y la ignorancia masivas, el empleo precario y la desigualdad está en la base del problema, sin que ello signifique que es su causa inmediata.

Una subcultura de machismo y violencia, alimentada por muchos decenios de exclusión, despojo, represión y resentimientos, contribuye a traducirlos en violencia y criminalidad.

SIGUE/

* Analista político y periodista panameño

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